ENCICLOPEDIA VIRTUAL DE LOS VERTEBRADOS ESPAÑOLES
Ballena de los vascos - Eubalaena glacialis
Key words: Right whale,
habitat, abundance, conservation status.
Hábitat
Generalmente se encuentra en aguas poco profundas cerca de la costa situadas en bahías y penínsulas. Dentro del ciclo
anual ocupa dos tipos de hábitats; en verano se
desplaza hacia aguas frías del Atlántico norte ricas en zooplacton
en donde se alimentan. En
En invierno las hembras preñadas emigran hacia aguas subtropicales (Florida
y Georgia) y allí tienen lugar los partos; eligen zonas con una profundidad
situada entre 13 y
En el Atlántico oriental emigraba en invierno hacia aguas situadas entre los archipiélagos de Azores y Madeira, el golfo de Vizcaya y las costas del noroeste de Africa. En verano se desplazaba hacia los mares situados entre Islandia, Svalbard y las costas de Noruega.
La presencia de la ballena de los vascos en las aguas del Cantábrico se corresponde con la época de partos y periodo inmediatamente posterior, ya que la mayor parte de los ballenatos de menor tamaño son capturados en el primer bimestre del año (Canoura, 2002). Esto permite suponer que es probable que los partos tuvieran lugar en las proximidades y no que se tratase de ejemplares de paso hacia latitudes más meridionales.
Suponiendo que la ballenas buscasen para parir bahías abrigadas, éstas no
son abundantes en la costa cantábrica. Tal vez cabría suponer que los partos
pudiesen tener lugar en las resguardadas rías gallegas, teniendo en cuenta que
el padre Martín Sarmiento aseguraba en el siglo XVIII que penetraban en la ría
de Pontevedra "en época fija, pero que por no haber arponeros ni
disposición para esta pesca, nadie las ofendía y dejaban correr pacíficamente
en aquellas aguas" (Canoura, 2002), pero resulta
difícil imaginar que si las rías fuesen lugar de concentración de ballenas los
balleneros vascos no se hubiesen establecido allí, en lugar de haberlo hecho en
Sabemos que las ballenas estaban presentes en las costas cantábricas a lo
largo del invierno porque los contratos de las compañías para la caza de
ballenas se extendía desde noviembre a marzo (Ciriquiaín,
1961; Castañón, 1964). Podemos hacernos una idea más
precisa a partir de los meses en que se pagaron al monasterio de Santa María de
Caión (

Figura 1. Bimestres en que se realizaron los pagos de diezmos de ballenas al Monasterio de Santa María de Caión.
Durante el verano ascendían hacia el atlántico Norte, probablemente siguiendo la costa francesa y la costa atlántica de Irlanda, Hébridas exteriores, hacia Islandia y Noruega. La fenología de capturas de las primeras décadas del siglo XX recogida por Brown (1986) en esos países muestran un pico de presencia en el mes de junio. Fairley (1981) señala que en Irlanda las capturas se concentraban en la primera mitad de junio y precedían a las capturas realizadas en las más septentrionales bases escocesas de las islas Hébridas, que se concentraban en la segunda mitad de junio y julio, de lo que deduce que las ballenas se encontraban en Irlanda en tránsito y no estabilizadas en sus territorios estivales de alimentación.

Figura 2. Distribución mensual de las capturas de ballena de los vascos al norte de las islas Británicas entre 1900 y 1930.
Abundancia
Atlántico occidental
Se desconoce cual era el tamaño de las poblaciones de E. glacialis antes del comienzo de su caza. Se ha estimado que en América del norte entre 1634 y 1951 se cazaron un mínimo de 5.500 individuos, aunque probablemente el doble de esta cifra se acerque más a la realidad (Reeves et al., 2007).
Hacia el año 1.500 se establecieron pescadores vascos en Labrador (Canadá) para la caza de las ballenas (Aguilar, 1986). Las poblaciones americanas continuaron cazándose hasta principios del siglo XX. Cuando la especie fue protegida en 1935 sólo quedaban unos 50 individuos. Desde entonces ha aumentado su número a unos 300 en 1980, cifra en la que se ha mantenido durante los últimos años.
El análisis de ADN de huesos de ballenas procedentes de estaciones balleneras establecidas por los vascos en Labrador (Canadá), sugiere un escenario alternativo. De 21 individuos de ballena analizados procedentes de un depósito, solamente uno perteneció a E. glacialis. En otro análisis más amplio de restos de al menos 97 individuos de ballena, solamente uno era de E. glacialis. Estos resultados sugieren que los balleneros vascos no han sido responsables del declive supuesto de la especie en las costas americanas, sino que más bien la especie ha tenido un tamaño de población relativamente pequeño (Frasier et al., 2007).
El tamaño mínimo de población en base a individuos identificados en las costas de Norte América se estimó en 295 individuos en 1992 (Knowlton et al., 1994). En 2002 se ha estimado el tamaño mínimo de población en 328 individuos (Pike, 2003) y en 2003 en 342 individuos (Hall, 2004). Sin embargo, los análisis genéticos de paternidad muestran que hay machos y hembras no identificados y que por lo tanto el tamaño de población debe ser mayor ((Frasier et al., 2007).
Atlántico oriental
La primera cita documental del uso de las ballenas procede del País Vasco
francés (Bayona) y corresponde al año 1059, seguido en España por una de Santoña, datada en 1190 y otra de Motrico
de 1200 (González Echegaray, 1978). En Asturias el
primer documento conocido está fechado en 1232 (Graells,
1889) y en Galicia la primicia ballenera se remonta a 1371 (Canoura,
2002). No obstante, hay evidencias arqueológicas de la utilización de los
restos de ballenas en época prerromana, en un castro de
El principal producto obtenido de las ballenas era el saín, grasa convertida en aceite para el alumbrado, que ardía sin desprender humo ni dar olor, y las barbas, uno de los escasos materiales flexibles de la época. La carne apenas se consumía en España, pero conservada en salmuera se vendía en el País Vasco francés. Los huesos servían como material de construcción, adorno y para la elaboración de muebles rústicos. La clave de la importancia económica de la ballena en los puertos cantábricos la da Arbex (1988), cuando señala que la venta de pescado en el interior de España era muy dificultosa. A causa de las deficientes comunicaciones (hasta 1750 no hubo caminos carreteros que comunicasen la costa con la meseta) el transporte se hacía a lomos de mulas, cogiendo nieve por el camino en invierno, única estación que permitía comer pescado fresco en la corte, por lo que el pescado, con dificultades para ser vendido, tenía poco valor. Otra cosa muy distinta sucedía con las barbas de ballena o el saín, que podía ser almacenado y transportado sin tales impedimentos y facilitaba un dinero en metálico que el pescado no proporcionaba en la misma medida.
Los historiadores sitúan el apogeo de la pesca de la ballena en el Cantábrico entre los siglos XIII y XIV, su declive a lo largo de los siglos XVI y XVII y su liquidación en el XVIII, aunque Aguilar (1986) señala que no hay evidencia alguna que permitiese cuantificar las capturas antes del siglo XVI. A partir de este momento aparecen en documentos históricos series de capturas desde la implantación, a mediados del siglo XVI, de un sistema impositivo (el diezmo de las ballenas) para aclarar los conflictos hasta entonces recurrentes entre los señores jurisdiccionales de los puertos y los armadores y capitanes de las compañías (Canoura, 2002). Según los registros conservados, en el Cantábrico se llegaban a contabilizar una media de casi 3 capturas por año y puerto durante la segunda mitad del siglo XVI y primeros años del XVII. A lo largo de la primera mitad del siglo XVII este valor cayó hasta 0,5 ballenas por año y puerto. No obstante, la captura por unidad de esfuerzo perece haberse mantenido en los niveles iniciales en los puertos del Atlántico, si comparamos series contemporáneas con puertos del Cantábrico, más intensamente explotados desde antiguo. En los puertos vascos también se pede apreciar una caída continuada a lo largo de los tres últimos siglos de explotación (Aguilar, 1986).
Tabla 1. Capturas de ballenas en diferentes puertos del norte de España a lo largo de los siglos XVI y XVII.
|
Serie temporal |
Puerto |
Capturas |
Capturas/año |
Autor |
|
1569-1618 |
Llanes (Asturias) |
138 |
2,76 |
Pedregal, 1986 |
|
1619-1644 |
Candás (Asturias) |
30 |
0,65 |
Rodríguez, 2002 |
|
1608-1662 |
Lekeitio (Guipúzcoa) |
25 |
0,45 |
Ciriquiaín, 1961 |
|
1608-1629 |
Lekeitio (Guipúzcoa) |
14 |
0,64 |
Canoura, 2002 |
|
1608-1629 |
Caión (A Coruña) |
62 |
2,82 |
Canoura, 2002 |

Figura 3. Resultados de capturas en los puertos vascos en períodos de cincuenta años (Aguilar, 1986)
La actividad ballenera tradicional en España fue desapareciendo con las ballenas a lo largo del siglo XVIII. La catedral de Mondoñedo, a la que pagaban los diezmos los puertos de Lugo, recibió el último procedente de la pesca de la ballena en 1718 (Canoura, 2002), en Comillas este último pago tuvo lugar en 1720 (Arbex, 1988) y en Gijón en 1722 (Rendueles, 1867). Es más difícil conocer el cese de la actividad en los puertos vascos, desde los que se continuaron las actividades en Terranova y en Vizcaya y Guipúzcoa se arponearon ocasionalmente ballenas a lo largo del siglo XIX. La última Eubalaena glacialis fue capturada en 1901, en Orio, aunque se mató con dinamita, ya que no quedaban vestigios de la técnica tradicional.
Graells (1889) trató de demostrar que las ballenas
que cazaban los antiguos vascos no sólo no se habían extinguido, sino que su
número se mantenía como entonces, pero los resultados de su encuesta parecen
referirse, más que a Eubalaena glacialis, al rorcual común Balaenoptera
physalus, ya que se observaban entre la primavera
y el otoño, en zonas de gran profundidad, a más de
Balleneros norteamericanos capturaron 19-30 ejemplares en la bahía de Cintra (Sahara Occidental) entre 1855-1866 y en la década de 1880 (Reeves et al., 2007).
En el norte de Europa todavía se capturaron entre 134 y 137 ballenas desde 1900 hasta 1937 (Brown, 1986). En latitudes más meridionales se observaron y capturaron ejemplares esta especie hasta la actualidad, incluso en dos ocasiones hembras con crías (Tabla II). Es difícil establecer si se trata de una población residual o ejemplares divagantes de la población americana, tratándose probablemente de esto último, ya que se ha constatado este fenómeno, al menos en el norte de Europa (Jacobsen et al., 2004).
Tabla 2. Ballenas observadas o capturadas a lo largo del siglo XX en
los mares próximos a
|
Año |
Localidad |
Tipo de observación |
Autor |
|
1901 |
Orio |
Captura |
Nores y Pérez, 1983 |
|
1914 |
Azores |
Captura fallida |
Brown, 1986 |
|
Antes de 1930 |
Frente a Oporto |
Captura |
Teixeira, 1979 |
|
1959 |
Madeira |
Captura |
Jonsgård, en Brown, 1986 |
|
1967 |
Madeira |
Captura* |
Maul y Sergeant, 1977 |
|
1977 |
Frente a Finisterre |
Observación |
Aguilar, 1981 |
|
1980 |
Golfo de Vizcaya |
Observación |
Brown, 1986 |
|
2º mitad S. XX |
Costa Holandesa |
Restos óseos |
Kompanje y Smeenk, 1996 |
|
1993 |
Estaca de Bares |
Observación |
Arcos y Mosquera, 1994 |
|
1995 |
Frente al cabo de San Vicente |
Observación* |
Martin y Walter, 1997 |
* Hembra acompañada por una cría.
Aguilar (1986) ha señalado que el método de captura, concentrado en las crías fue especialmente nocivo para el mantenimiento de la población. Mientras que el porcentaje de crías del año de la población americana actual es de un 4% (Kraus et al., 1986), el porcentaje de crías capturadas por los balleneros del Cantábrico era muy superior. Las estadísticas de ballenas subastadas en diversos puertos del Cantábrico, que suelen mencionar expresamente los cabrotes o ballenatos, dado su menor valor comercial, evidencian una sobreexplotación de crías. Si multiplicamos por tres el porcentaje de crías del año observadas actualmente en las costas americanas, en una operación un tanto simple, podemos estimar que los ballenatos de tres cohortes representarían, como mucho, el 12% de la población. Sin embargo, en el siglo XVII los cabrotes suponían el 35% de la población capturada en Llanes y Candás y hasta el 44% en Caión. La razón por la que las crías aparecen sobrerepresentadas en las capturas, a pesar de tener un menor valor comercial, es aclarada por Sáñez Reguart (1792) al señalar que el proceso habitual cuando se encontraba una ballena con su cría era atacar primero al ballenato, a pesar de tener menor utilidad por su pequeño tamaño, en la seguridad de que la madre nunca lo desampara y se convertía también en presa fácil para las demás lanchas. Esta estrategia también probablemente tenía como consecuencia una sobrepesca de hembras reproductoras. A esto habría que añadir que las asociaciones de hembras y crías muestran preferencia por aguas someras (Kraus et al., 1982). Teniendo en cuenta que en la población americana actual la independencia de las crías se produce a lo largo del segundo invierno y habida cuenta que el 11% de los ballenatos de segundo año permanecen con su madre en este período (Hamilton et al., 1995), podemos suponer en un cálculo aproximado que el 15% de las capturas cantábricas eran ballenatos acompañados de sus madres, cuando no llegarían al 5% de la población los ballenatos disponibles. Incluso asumiendo la proporción de hembras reproductoras en poblaciones demográficamente más activas, como las del Atlántico sur, que tienen un 30% más de hembras reproductoras (Brown et al., 1994), podríamos calcular que las hembras acompañadas de crías en el Cantábrico no superarían el 6,5% de la población. La captura concentrada sobre las hembras reproductoras, el segmento de la población del que más depende la productividad de la misma, dificultaría más la recuperación natural que si los individuos se extrajeran al azar en el conjunto de la población. Tal vez fuera esta estrategia de caza lo que acabó produciendo el colapso de la población del Atlántico Nororiental, más que el número total de individuos extraídos.
Tradicionalmente se ha achacado a la pesquería cantábrica la extinción de las ballenas europeas y evidentemente la captura de más de 100 ballenas anuales (una media de 2,5 por 42 puertos cantábricos) durante el siglo XVI provocaba un presión difícilmente sostenible, pero a la extracción invernal en el sur hubo que añadir la persecución por los propios balleneros cantábricos en las zonas estivales de alimentación. Vaucaire (1941) señala la presencia de balleneros vascos en Islandia en 1412 y Lope de Isasti (1625, en Terán, 1949) menciona que incluso consolidada la pesquería ballenera de Terranova, cuando la ocasión no era propicia, acudían a Noruega "donde hay mayor abundancia". Además hay que añadir la incorporación de los países del norte de Europa a la actividad ballenera, que a partir del siglo XVII se sumaron a la esquilmación en sus territorios estivales. En 1610 tuvo lugar la primera expedición inglesa a Spitzberg para aprender a capturar ballenas (Vaucaire, 1941), en 1612 el rey Jacobo II de Inglaterra solicitaba arponeros vascos para formar parte de las tripulaciones inglesas que iban al Norte (Markham, 1882) y en 1614 se prohíbe, bajo pena de muerte, que los balleneros españoles se enrolasen en tripulaciones extranjeras tratando, ya inútilmente, de evitar que países competidores aprendiesen la técnica de perseguir y dar muerte a las ballenas. Demasiado tarde, en 1619 las villas de Guipúzcoa piden al rey que los ingleses no puedan vender la abundante grasa que traían, hasta que los naturales del país no hubiesen vendido la suya (Terán, 1949).
La población europea está extinguida (Notarbartolo di Sciara et al., 1998) y las raras observaciones realizadas el Atlántico oriental responden a movimientos de individuos de la población americana (Brown, 1986).
Estatus de conservación
La especie recibió protección legal internacional en 1935 por
Amenazas
La ballena vasca ha sufrido persecución en el pasado debido a cuatro causas principales: vivir cerca de la costa, nadar despacio, flotar cuando está muerta y poseer una capa de grasa mayor (representa el 36-45% del peso total) que en ninguna otra especie.
En la actualidad, las principales amenazas que se ciernen sobre la especie son:
Enredamiento en artes de pesca. El 57 % de los individuos tienen marcas de haberse enredado en artes de pesca y el 12% de la mortalidad se debe a esta causa (Kraus, 1990). Kenney y Kraus (1993) han reducido la tasa de mortalidad por esta causa al 6,7%. Desde 1986, 61 E. glacialis han sido observadas con redes en su cuerpo, de las que se ha confirmado su muerte en al menos seis individuos (Moore et al., 2007).
Colisiones con buques. El 7% tiene marcas de heridas producidas por hélices de buques y el 20% de la mortalidad se debe a colisiones con buques (Kraus, 1990). De 45 casos de mortalidad registrados en el periodo 1970-1999, el 35,5% se debieron a colisiones con barcos ( Knowlton y Kraus, 2001). La flotabilidad de esta especie le dificulta la respuesta de inmersión frente a un buque que se aproxima. Su capacidad de maniobra durante el ascenso a la superficie es limitado (Nowacek et al., 2001).
Productividad del hábitat. Se ha sugerido que la población actual puede representar la capacidad de carga del hábitat para E. glacialis hoy en día. Esta causa parece improbable pues no hay evidencia de cambios oceanográficos (Kraus et al., 2007).
Tamaño reducido de población. Mediante análisis de ADN fingerprinting se ha comprobado que la variabilidad genética es reducida, lo que sugiere que los emparejamientos entre individuos familiarmente próximos habrían provocado menores tasas de fertilidad, fecundidad y supervivencia de las crías (Schaeff et al., 1997).
Contaminación. Se han encontrado en la grasa de esta especie niveles altos de PCB, seguido en importancia por DDT. (Woodley et al., 1991). Sin embargo, aunque las concentraciones de PCB aumentan con la edad en los machos, la acumulación de contaminantes en la grasa muestra variaciones que se deben a la ingestión de alimento en distintos sitios y a la eliminación de algunos contaminantes durante la disminución de lípidos en el invierno (Weisbrod et al., 2000).
Ingestión de basura. Cuando se alimenta en la superficie ingiere restos flotantes de basura (Kraus et al., 2007).
Efecto del ruido sobre la comunicación entre las ballenas. El incremento del ruido producido por las actividades humanas es un peligro potencial para la comunicación social de las ballenas (Parks y Clark, 2007, Clark et al., 2007).
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Sociedad de Amigos del MNCN - Museo Nacional de Ciencias Naturales - CSIC